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MIGUEL RIVERA/

No quería volver a verla. Iba a llegar tarde a la excursión, pero ella no me dejaba salir:
– Voy a llegar tarde, déjame.
-Te he dicho que cojas los guantes , va a hacer mucho frío.
-Que no hace falta, con este abrigo voy bien.
– Eso no calienta, cógete los guantes.
– Anda y déjame en paz que llego tarde.
Juan cogió la mochila con el bocadillo y se fue, dejando a su madre con la palabra en la boca. Al llegar a la clase, no había llegado aún nadie , aunque en escasos minutos, el pasillo de cuarto de la ESO se empezó a llenar. El chico vio en la puerta a sus amigos, y rápidamente se acercó. Hablaban de lo que harían en la montaña. ´´Dicen que hay un río al fondo de un desfiladero“, decía uno.´´Pues a mi me han dicho que vamos a ver águilas“, respondió otro. En seguida, llegó el tutor que les condujo al autobús.
Juan se sentó con Daniel, que siempre se dormía en el bus, así que para Juan iba a ser como ir solo.
A la hora y media, llegaron a la montaña y empezaron su camino por la ladera. Había llovido y, al ser temprano, el suelo era una pista de patinaje en la que un traspié o un pequeño resbalón podía costarte la vida.
Llegaron a una pradera con unas vistas magníficas y comenzaron a comer los bocadillos que habían traído de casa. En el suyo, Juan encontró una nota. Era de su madre y decía: ´´Espero que te lo pases muy bien. Te quiero. Mamá“. Juan la arrancó y la tiró con desprecio al desfiladero. Vorazmente mordió el bocadillo y empezó a jugar al fútbol con unos compañeros que imprevisiblemente se habían llevado un balón. Para que fuera más emocionante, el campo de juego era una explanada de hierba con una dura capa de hielo encima. El tutor les gritó desde lejos:´´¡No juguéis ahí!¿No veis que os podéis caer?“. Pararon, pero en cuanto el profesor se fue, continuaron. No habían chutado ni dos veces cuando Juan resbaló y tras patinar unos metros cayó inevitablemente por el precipicio. Por suerte había conseguido agarrarse al resbaladizo borde de la capa de hielo. Sus compañeros gritaban y pedían ayuda mientras corrían hacia Juan para socorrerle. Era demasiado, el fino hielo cortaba los dedos del chico como si de cuchillas se tratase , llenando toda la superficie de un rojo sangre. Pero era un rojo suave, delicado… era el último color que Juan vería. Mientras, recordaba a sus amigos, familiares, a su madre, la nota de su madre… los guantes… Pensando en ella, se soltó sin poder aguantar más y se precipitó al vacío. El cuerpo del chico rodó por la falda pedregosa , hasta que un matojo de espinos detuvo su caída, junto al manantial.

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