Un final robado

Sello con la imagen del escritor

 

 

 

 

 

TERESA CHECA MARABOTTO/

Lo único que quería era seguir durmiendo, hubiese dado lo que fuera por volver a perderme en mi mundo, entre mis pensamientos, a los que nadie jamás escucharía. Pero aquel día había decidido empezar; y no había marcha atrás, pues el guardia ya estaba allí, de pie, mirándome, detrás de las frías rejas que me apresaban cada noche, cada terrible e injusto día que pasaba encerrado. Era la hora del desayuno y ya se olía el asqueroso hedor de unos huevos revueltos que perfectamente podrían haber pasado semanas en aquella despensa mohosa que jamás abrían cuando estábamos presentes. Noté un ambiente raro a medida que me acercaba al guardia. Me miraba fijamente con expresión preocupada. Sabía que algo no iba bien. Llegué a su altura y le devolví la mirada, acompañándola con una sonrisa que costosamente logré sacar. En el fondo aquel hombre me caía bien, era simpático, sólo hacía su trabajo. Me devolvió la sonrisa, el tiempo suficiente para que tras su espalda pudiera observar el comienzo de una historia caótica. Una revuelta, guardias corruptos. El chico uniformado del fondo del pasillo se dio la vuelta y sin tiempo de reaccionar apretó el resbaladizo gatillo de una pistola obviamente nueva. El guardia que tenía delante se desplomó en el suelo y yo mismo me obligué a apartar la vista. El corrupto salió corriendo. No podía quedarme allí. Me arrodillé frente al guardia herido ignorando cómo el charco de sangre empapaba mis pies. La cartera sobresalía de su bolsillo, la saqué y la abrí, descubriendo una foto de una familia sonriente, dos niños pequeños, una mujer y el rostro del hombre que ahora yacía en el suelo junto a mí; sentí pena por él. Miré sus ojos vidriosos, sin vida. “Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.”

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