Crónica de la Belle Époque

 ALBERTO GARCÍA Y MIGUEL RIVERA/

BELLE EPOQUEDAMAS

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Se respira la magia en la noche estrellada de París. Al final del Puente de Alejandro III, en la distancia, se percibe la voluminosa sombra, imponente, del Grand Palais. Apoyadas en sus paraguas de encaje, dos muchachas sienten la suave y refrescante brisa que arrastra el Sena, haciendo que se levante levemente la parte inferior de sus coloridos vestidos, ceñidos con corsé. Un corsé para adaptar su cuerpo a las caprichosas modas. Un corsé que, a pesar de los dolores que les provoca, las hace sentir las mujeres más bellas del mundo, porque, para ellas, no hay nada que prime más que hacer enmudecer a la sala de baile cuando el vals levanta el vuelo de su atuendo y resalta, aún más, su de por sí ya estilizada figura. Ambas mujeres, entre cómplices sonrisas, acuerdan ver juntas mañana Louise, la magnífica ópera de la que todo el mundo habla.

Estamos en la capital de la Belle Époque. Si nos encontráramos en esta época dorada, de felicidad, de innovación, nos quedaríamos maravillados ante el fasto y esplendor de los edificios, las personas, las ciudades. En París, sin ir más lejos, tenemos la Exposición Universal, que marca el referente en este período y constituye su ecuador.

Con tal fin, se construyen las construcciones quizá más bellas  de la época: el Grand Palais, el Petit Palais y el puente del Zar Alejandro III.  El Grand Palais, el más imponente, el magnífico; con sus altísimas bóvedas de cristal, las blancas arcadas  de sus fachadas y sus frisos, evoca el recuerdo de una joya antigua que a pesar del tiempo no ha perdido ni un ápice de su esplendor. El Petit Palais, al que podemos considerar su hermano pequeño, que con sus columnas y su cúpula intenta imitar a Los Inválidos, al otro lado del río. Por último, el puente del  Zar de Alejandro III, con sus guirnaldas doradas y sus ninfas rusas, flota etéreo entre las dos orillas de París.

Tres monumentos, un único estilo: Beaux Arts, iniciado por la escuela homónima de París. Se caracteriza por su simetría; por su bella policromía, predominando los dorados y verdes, símbolos de prestigio; por su precisión en el diseño y los detalles, donde nada es dejado al azar. Este es el estilo que más tarde fue transportado a América y allí, como el aire que transporta el germen de la semilla hasta la tierra fértil, supuso una enorme revolución y fue ampliamente cultivado.

El día ventoso se desliza en una repentina ráfaga de aire. Esta levanta por los aires el ancho sombrero de la joven. Presta y veloz, corre tras él. El sombrero, como si de un designio del destino se tratara, se topa con la pierna de un joven, quien ataviado con una impoluta chaqueta negra, se agacha para recogerlo. Lentamente, lo limpia con la manga de su chaqueta y lo entrega a la joven, quien la recoge con gesto altivo. El hombre, con un perfecto francés, le pregunta su nombre. La muchacha, poco acostumbrada a hablar con hombres, y menos extranjeros, se ruboriza y calla. El extranjero repite su pregunta. Esta vez solo obtiene un leve murmullo. “Marie” dejan entender sus labios carmesíes entreabiertos. El muchacho le pregunta si quiere montar en la enorme noria instalada en la avenida de  Suffren. Marie le contesta con convicción que sí. Comienzan a surgir las miradas coquetas entre ellos, los sonrojos de sus caras.

 En esta mismo año, 1900, también se celebraron en París los Juegos Olímpicos. Unos juegos pioneros y especiales, ya que fueron los primeros en los que pudieron participar las mujeres de la época, que compitieron en los nuevos deportes de moda: tenis, criquet y golf. Destaca, de entre las nuevas instalaciones construidas con el fin de alojar las competiciones, el velódromo de Vicennes, el grandioso estadio olímpico. Con sus 16000 asientos, sus tribunas cubiertas trabajadas con hermosos metales que nos recuerdan a los diseños de Gustave Eiffel, su pista de cemento para celebrar las pruebas de ciclismo y su campo de hierba, constituyó el referente del deporte mundial.

Los fuegos artificiales colorean la ciudad con su fulgurante brillo. El viento, mientras tanto, dibuja en la superficie del Sena caprichosas formas. Los colores desaparecen poco a poco, y las sombras retornan a la ciudad, sumiéndola en la noche oscura. Quizás sea este el antecedente a los años, más tardíos, de la desolación. Los años de soledad. De la noche del mundo.

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