Sombras

SOMBRAS

imagen de Wikimedia Commons

 

ALBERTO GARCÍA/

La lágrima resbaló cristalina en su mejilla carmesí. La sentía deslizarse poco a poco hacia abajo, hasta llegar a la curvatura de su mentón, y caer, en lo que a ella le parecían años, al suelo teñido de rojo. Rojo de sangre. De la sangre que caía espesa y pegajosa de sus muslos desnudos, ahora destrozados. En el fondo de su mente sabía que hacer eso la volvía feliz, que no había nada comparable a ver la sangre brotar como agua de su cuerpo. Volvió a arremeter contra ella misma, pasando el arma por su piel. Era una forma de evadirse del mundo. De aquel mundo deleznable que la despreciaba, que le decía con su sinuosa voz ofidia, que no se lo merecía, que no era digna de ella. Dejó caer la pesada cuchilla al suelo. Ahora venía la parte más difícil. Debía recogerlo todo. Empezó por limpiarse con una toalla vieja, la que siempre usaba para ese propósito. Después pasó a vestirse, y a fregar el suelo. Por último se puso un poco de perfume, para intentar quitarse ese insistente olor férrico que quedaba adherido a su cuerpo, como si de un aceite se tratara.

Sabía que hoy, por ser sábado, no volvería antes del amanecer; y entonces se encerraría en su cuarto con el que tocara ese día, hasta que se despidiera de él horas más tarde. Sólo entonces repararía en ella y le preguntaría, escupiendo con su sempiterna cara de desprecio, que dónde coño estaba su paquete de cigarrillos. Ella entonces le diría, como siempre, que lo desconocía. Y entonces, empezaría a gritar como si no hubiera mañana. Y seguiría así el ritmo cíclico de todos las semanas, repetido durante semanas, meses, años. Ella intentaba concentrarse en el colegio, aprender, hacer lo que hacían las que ellas denominaban las “normales”, pero era como si los profesores hablaran en un idioma para ella desconocido. Hacía ya mucho tiempo atrás habían intentado entenderla, hacerle más fácil su sufrimiento diario, pero todos ellos se habían dado por rendidos, y ella había pasado a ser alguien sin voz, sin esperanzas, alguien que se queda en un rincón contando los minutos para saber que escapa de una cárcel y llegar a un infierno aún peor.

Amaneció un día nublado, con amenazadores nubes de tormentas. Se vistió y fue al colegio. Pasó una hora. Otra. Un minuto. Otro. Un segundo. Otro. Y de repente algo alteró el simulado perfecto equilibrio que había en la clase de matemáticas. Era el director. Otra vez el facha de mierda, se dijo a sí misma. El director anunció con una dulzura fingida que había una chica nueva. Y el único sitio libre era el que había a su lado, así que, presta, se sentó. Desde el primer momento, le pareció distinta. Olía a vainilla. Su pelo castaño le caía como una cascada en los hombros, y su nariz fina y sus dientes nacarados y perfectos, junto con sus ojos miel, le aportaban un aura de sofisticación y belleza difícil de explicar. Entonces, justo en el clímax de su contemplación, le preguntó su nombre.

Esa frase la marcó. Respondió tartamudeando. Siguieron hablando. Y antes del recreo, eran inseparables. Pasaron semanas, y se hicieron una sola persona. No se separaban nunca, excepto cuando se iban a casa. Ella le confesó, con gran sufrimiento, como quien abre una herida ya cerrada por el paso del tiempo, que se cortaba, y su amiga la convenció para que fuera a un psicólogo. Su amiga empezó a ayudarla en sus estudios, y mejoró mucho, hasta el punto de ser una de las mejores de la clase. Afloró el cisne que había estado escondido tras el patito feo. Mejoró la relación con su madre de acogida. Empezó a ver la luz al final de su túnel. Sabía que había algo bueno que la estaba esperando a la salida. Su sufrimiento estaba acabando.

Pero no todas las historias tienen un final feliz. Todo comenzó un día que discutieron. Sería por una memez, como todas las adolescentes hacen. Hacía un tiempo que una de las chicas más populares del instituto llevaba intentado que dejara de ser su amiga. Era una campaña personal contra ella. Contra la pobre chica cuyo único pecado era el de haberse convertido en algo más de lo que la sociedad esperaba de ella. Algo más que un despojo. Algo más que un “alguien” sentado en una esquina, con la cabeza gacha y sumisa, como un perro, ante las humillaciones de las demás. Su amiga empezó a juntarse más con ellas. Día tras día comenzó a mirarla con desprecio, como antes hacían las otras. Comenzó a insultarla. A hacerle creer que era lo peor que existía. Contó sus secretos, que hasta ahora habían permanecido guardados bajo la confortable y segura cerradura de la amistad. Hasta que llegó ese día. La clase amaneció ataviada de rojo. Rojo sangre. Y en la pizarra, una inscripción que rezaba, entre sangrientos dibujos: Córtate un poco para nosotros, guarra de mierda.

Salió corriendo. Hizo caso omiso de las indicaciones de los profesores enfurecidos para que volviera a clase. Para ella sólo eran manchas borrosas que se difuminaban con sus lágrimas cuando caían mejillas abajo. Se encerró en su cuarto. Bajó lentamente las cortinas, disfrutando del ya olvidado ritual previo. Y cogió la afilada y pesada cuchilla de entre los libros, donde estaba guardada, para que no fuera descubierta. Se sentó. Sus piernas cruzadas descansaban sobre el pétreo suelo. Empezó por los muslos. Casi lloró cuando vio la sangre brotar, como el agua brota lenta del manantial. Siguió por sus brazos, practicando las hendiduras de manera ordenada, sin dejar nada al azar. Se sentía tranquila. Relajada. Era lo mejor de la vida. Una sonrisa se dibujó en sus labios, que lentamente se tornaban azules. La sangre resbalaba por su piel desnuda, acogiéndola en su infinitamente cálido abrazo. Su visión se tornaba borrosa. Y empezó a ennegrecerse. Sabía que abandonaba un mundo. Pero ese nunca había sido el suyo. Simplemente se dejó llevar por su alma, que tiraba de ella hacia una dimensión que no le era desconocida. Dirigió su último pensamiento a los humanos, compadeciéndose de su siempre eterna, triste, y llena de sufrimiento, existencia. Murió con una sonrisa en los labios, como quien se sabe conocedor de algo que los demás ignoran.

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